8 AÑOS SECUESTRADA, UN ESCAPE MILAGROSO Y EL SUFRIMIENTO PORQUE LA GENTE NO LE CREE

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Ya llevaba contados 3096 días con sus noches, más de ocho años de suplicios. Desde sus ingenuos 10 años hasta ahora, que estaba saliendo de la adolescencia. ¿Conseguiría fugarse? ¿A dónde iría?.

Ese miércoles, no cualquiera, limpiaba el auto de su captor, un BMW 850i. Él estaba muy distraído, hablando por teléfono. Ella pasaba mecánicamente la aspiradora sobre el tapizado de los asientos y las alfombras del coche. El ruido ensordecedor le permitía pensar, sin el ridículo temor de que él pudiera escuchar sus pensamientos de fuga.

Wolfgang estaba de espaldas enzarzado en su charla cuando Natascha, se dijo: “es ahora o nunca”. Soltó la aspiradora y se empujó con las piernas a una carrera a toda velocidad. Desde el jardín trasero de esa casa de dos plantas de color beige, situada en el número 60 de la calle Heine, salió disparada, sin mirar atrás, zigzagueando entre arbustos, cercas y árboles hasta que golpeó el vidrio de la ventana de la cocina de una prolija casa, rodeada con canteros llenos de flores.

Se cumplen hoy 15 años de esa fuga que sorprendió al mundo. Porque nadie creía que Natascha Kampusch estuviera viva. Ni su madre. El mundo no la esperaba. Reaparecer no fue todo lo rosa que uno podría imaginar. Mientras estaba con Inge, en esos primeros minutos de su recién ganada libertad, Natascha se sentía aterrorizada: “Tenía temor de que él asesinara a esa mujer, o a mí, o a ambas”, relató.

Las autoridades concurrieron a la casa y llevaron a Natascha a una estación de policía en la ciudad de Deutsch Wagram. La joven dijo, claramente, a los oficiales: “Soy Natascha Kampusch, nacida el 17 de febrero de 1988”.

Se había producido un milagro. Aquella niña de los afiches de 1998 estaba viva. Muy flaca, pesaba casi lo mismo que cuando había sido secuestrada, pero estaba en perfecto estado físico. Medía 1,60 m y su piel por la falta de sol parecía transparente.

Toda esta historia había comenzado muchos años antes, el lunes 2 de marzo de 1998, cuando Natascha de solo 10 años iba al colegio con su falda a cuadros de franela gris y su anorak rojo. Hacía un par de semanas que había conseguido el permiso de su madre para ir sola al colegio, algo muy frecuente para los chicos de esa edad en algunos países desarrollados.

Salió de su casa en el distrito vienés de Donaustadt, sin despedirse de su madre. Iba refunfuñando porque la noche anterior ella le había dado un cachetazo luego de una pésima contestación. Quizá, pensó, si se tiraba bajo un auto, su madre lamentaría haberle pegado. Cruzó un par de calles ensimismada, hasta que se topó con una furgoneta blanca estacionada. Delante del vehículo había un hombre parado. Cuando estuvo a unos dos metros, él la miró directo a los ojos. Su mirada azul no le inspiró miedo. Parecía un señor frágil.