EL HEROICO VUELO DE TRES ARGENTINOS PARA SALVAR A UN NIÑO KELPER EN MALVINAS Y EL MAIL QUE LES LLEGÓ 30 AÑOS DESPUÉS

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El 26 de mayo de 1982, Allan Steen sentía que se iba morir. Estaba en la estancia Brookfield de Puerto Luis, un punto remoto de las islas Malvinas, rodeado por la guerra. Pero él no era un soldado inglés. Mucho menos un combatiente argentino. Era un niño kelper de apenas 11 años que se retorcía del dolor en el suelo.

En la madrugada de aquel día, el coronel (r) Héctor Molina (hoy de 65 años) y el sargento Roberto López (62), hacían la inspección de rutina de su helicóptero Bell UH1H AE 409. Estaban contentos: la aeronave había superado con éxito la revisión. Tenía más horas de vuelo que ningún otro helicóptero y había sobrevivido tras haber sido alcanzado dos veces por el fuego: una por el enemigo y una segunda por la propia tropa, que se confundió. “Antes del amanecer era el momento en que estábamos en silencio, casi como en oración”, recuerda el oficial Molina.

Salieron con rumbo norte. En su nariz, el Bell llevaba trazada una cruz roja. Pero el resto estaba pintado de verde: eran un blanco militar.

En este punto, la historia se bifurca: según Molina y López, iban solos. Para el médico Rojas, él le dijo a Molina lo que debían hacer y se subió con ellos. Y añade que el helicóptero se elevó y volvió a bajar para que se trepara “otro personal que dejaron a mitad de camino hacia el destino”.

Volaron con rumbo norte 2 minutos, hicieron un viraje a la izquierda otros 5 y giraron a la derecha otros 10. Divisaron el destino: una casa blanca con cinco personas que levantaban las manos en la puerta indicándoles que ese era el lugar.

Por las dudas, Molina bajó el helicóptero a 150 metros del lugar y no redujo la turbina. López, por indicación suya, tomó el FAL que llevaba a bordo y se acercó cuidadosamente al lugar. “Fijate y haceme señas que me acerco”, le dijo el oficial. No sería la primera emboscada que intentarían los ingleses, explican.

López se aproximó y le hizo señas a Molina que estaban seguros. El piloto dejó el motor en ralentí, listo para arrancar. Rojas se sumó al grupo. El médico recuerda: “Hablé con el padre de Allan. Tenía una apendicitis aguda que debía operar ya mismo. También traté a una mujer muy simpática, que tenía una úlcera diabética. La reté, porque hacía el tratamiento pero no la dieta. Todo terminó antes del mediodía. Al chico lo llevamos caminando al helicóptero. Y recuerdo que antes de salir vimos pasar a un Harrier…”

La guerra terminó el 14 de junio. Pero Molina y López hicieron todavía un viaje más, ya con el Bell pintado de blanco, para buscar heridos. El 17, Molina fue llevado al Bahía Paraíso y regresó al continente. Dos días después hizo lo propio López, que el domingo 20 de junio de 1982, día del padre, tocó la puerta de su casa a la 1.30 de la mañana y pudo abrazar a los suyos.