RENTAS ILEGALES EN CUBA: VIVIR CON LAS MALETAS EN LA MANO

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Nelson Julio siempre tiene que irse: nunca ha podido vivir más de tres meses en una casa de alquiler. Pasó por tres barrios de la ciudad de Santa Clara, capital de la provincia de Villa Clara, ubicada en el centro de la isla: un mes y medio el reparto Virginia, luego a seis cuadras del parque Vidal, el más céntrico, y la última locación en una zona llamada El Capiro. Después se trasladó a La Habana y siguió mudándose entre el Vedado y Centro Habana, seis veces más. En dos años, Nelson hizo las maletas nueve veces: es el constante peregrinaje al que se expone en Cuba el inquilino ilegal.

Con las semanas Nelson notó pequeñas alteraciones en el orden de la casa. En momentos de apuro, salía a la calle y dejaba la vajilla sucia. Al volver, platos, cubiertos y cacerolas aparecían limpios en otro sitio de la cocina. Otras veces, cuando alguna tormenta tropical amenazaba con desplomarse sobre Santa Clara, encontraba los electrodomésticos desconectados. Los objetos que se movían sin explicación o se desenchufaban solos lo hicieron percatarse de que allí no sólo habitaba él. Al principio Nelson no le dio importancia. Pero cuando las violaciones a su intimidad se volvieron constantes de parte de su casera, comenzaron a molestarle.

Una de las motivaciones más comunes de estas olas migratorias internas es la búsqueda de mejores horizontes laborales. Pero ese primer problema, que puede parecer una formalidad, desencadena todos los demás: los migrantes ilegales que llegan al mayor polo de atracción demográfico de Cuba, viven indocumentados y sin garantías. Muchos se trasladan a asentamientos furtivos en las periferias de la ciudad, sin servicios básicos como el agua o la electricidad y construyen viviendas precarias en zonas “prohibidas” por el gobierno.